miércoles, 24 de octubre de 2012

En las cloacas



Estaba oscuro y el aire despedia un aroma húmedo y mugriento.

Ramirez fruncía el cejo constantemente. De vez en cuando , con algún susto, daba un saltito absurdo y ridículo.

Le brillaba la cabeza, le brillaba el pelo, y por la frente resbalaban gotas que seguían por el tobogán de la nariz. Y allí se acumulaban hasta contar cuatro. Luego, caían.

Cuando dábamos un paso, las aguas tardaban en reaccionar, eran aguas lentas, viscosas. 

Cuando se oía algo así como un chapoteo, nos cogíamos de las manos, y doblábamos las rodillas como si nos estuviéramos haciendo pis, porque sabíamos que había con nosotros algo... vivo, y grande.

Es en momentos como estos donde se dan los abrazos mas sinceros.

Al pasar por debajo de un túnel, empezamos a sentirnos mareados por el olor explícito a podredumbre, heces y a huevo muerto.

En nuestra cabeza giraba todo como en un retrete, sensaciones, olores, todo muy marrón en concepto, giraba a un ritmo vertiginoso.

Esto ralentizaba nuestro paso, seguíamos cogidos de la mano, ambos agentes de la ley y el orden, con lagrimas en los ojos y pis en los calzoncillos. Sudando sustancias que ya debían rozar lo tóxico, empezamos entre todo a oír criaturas, murciélagos, cocodrilos, elefantes.

Y entonces lo vimos.

No había mucha luz en ese tramo del paseo, pero justo de una rendija salía un rayo, y ese rayo, se dirigía, como divino hacia la criatura.

En un bloque de hormigón que sobresalía del rio de pestilencia, coleteaba juguetona una especie de trucha, sin echar de menos su medio nitrogenoso. Nos saludaba y, para nuestro horror o gozo, piaba.

Si señores, el pajarito de la cola de pez se nos insinuaba coqueto. "Venid" decía con sus canturrees.

-Sabes que significa esto, verdad, Dominguez?-Me dijo mi compañero.

No sabía que contestarle, la verdad que yo no me lo pensaba comer.

-Que somos millonarios....-Concluyó, al fin, viendo que yo no sacaba por mi mismo grandes conclusiones.


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